CASI VEINTE ACTORES, ENTRE LOS QUE SE ENCUENTRAN CARMEN DEL VALLE Y TODO UN ‘NOVATO’ EN ESTO DEL TEATRO DE VERSO, PERO ASOMBRADO POR SU MAGIA, RAMÓN BAREA, NOS DESCUBREN UNO DE ESOS TANTOS TESOROS QUE AÚN ESCONDE NUESTRO GENIAL E INGENTE TEATRO DEL SIGLO DE ORO. UN TEXTO DE CALDERÓN QUE REÚNE MÚSICA, PLÁSTICA Y ESA IDEA DE TEATRO TOTAL QUE SIEMPRE HAN PLANTEADO NUESTROS CLÁSICOS Y QUE LLEGA AL TEATRO PAVÓN A PARTIR DEL 12 DE ENERO DE LA MANO DE ERNESTO CABALLERO. Por R.P.
“TODOS
REPRESENTANTES seremos
de nuestras propias acciones
pues al fin la vida es eso
breve comedia en que somos
figuras de carne y hueso
apenas nos dan la entrada
y ya desaparecemos”.
Así habla el mago Lisipo. Palabras con las que define, quizás sin querer o quizás no –ya saben, en esta vida todo es verdad y todo mentira– el espíritu de esta obra. Palabras con las que se queda Carmen del Valle, una de las actrices que da vida a este desconocido texto de Calderón que a partir de enero redescubre la Compañía Nacional de Teatro Clásico con Ernesto Caballero como anfitrión-director.
¿APARIENCIA O REALIDAD?
Un texto que habla, según Ramón Barea, otro de los actores de este espectacular elenco, sobre “lo equívoco de la verdad y la mentira, pero también sobre el poder, el error, la paternidad, el amor… y, sobre todo, de la victoria en la renuncia”. En el fondo, “del juego de las apariencias, de que no hay certezas, que todos formamos parte de un gran teatro que es la vida”, apostilla Carmen, a lo que añade: “hay una clara intención de enseñar cómo se debe gobernar un Estado”.
EL ESPEJO DEL TEATRO
Un sucesor al trono ha sido encontrado en estado salvaje, pero viene acompañado del hijo del máximo enemigo del emperador, el enemigo al que derrotó y usurpó el trono. Focas es ese padre atormentado que debe resolver el enigma que le angustia: averiguar cuál de los dos es su hijo o matar a ambos.
La obra, una joya de nuestro teatro clásico, no es unívoca, sino un constante juego de espejos que plantea preguntas que aún se le plantean al hombre de hoy. “Un espectáculo de pura sinestesia, donde el cuerpo se hace música, la música se hace personaje, la palabra se hace imagen, la imagen se hace texto, un espectáculo de teatro total”, dice el director.
Pero no todo ha sido fácil en el camino, tal y como nos desvela Caballero: “es un teatro que está construido con otros parámetros, no hay esas motivaciones psicológicas al uso, es un teatro profunda-mente teatral, simbólico, muy de texto y hay que hacer un esfuerzo para encontrar la verosimilitud, la frescura y para hacerlo vivo”.
Aún así todos coinciden en que esta obra es un diamante al que hay que quitar el polvo y del que Barea, nuevo en esto del teatro de verso y que dice estar viviendo todo con asombro, destaca “cómo está construída, cómo metafóricamente juega y esgrime temas muy complejos teatral-mente, filosóficamente, y cómo de una manera muy contemporánea somete a los personajes al juicio de los espectadores. Me gusta mucho el juego de teatro dentro del teatro. Ese juego que dice: esta realidad no existe, pero sirve para explicarnos o cuestionarnos la otra ‘realidad’”.
Ernesto Caballero ha reunido sobre las tablas a un equipo entregado y que cree como nadie en este “fascinante viaje en el que se confunden realidad y fantasía”, en parabras de Carmen del Valle. Un equipo del que, además de Ramón y Carmen, forman parte Jesús Barranco, Iñaki Rikarte, Jorge Machín, Paco Ochoa, Jorge Basanta, Karina Garantivá, José Luis Esteban, Carles Moreu, Miranda Gas, Sandra Arpa, Diana Bernedo, Marta Aledo, Georgina de Yebra, Borja Luna y Paco Déniz y los músicos Sergey Saprichev (percusión) y Javier Coble (piano).
CALDERÓN, UN ESCRITOR DE PALACIO
Este texto que responde a las exigencias del teatro cortesano fue estrenado el domingo de Carnaval de 1659 en el Salón Dorado del Alcázar de Madrid ante los reyes Felipe IV y Mariana de Austria. Como todo un maestro, Calderón es fiel a esa premisa en la que se esperaba que el teatro cortesano tuviera una función educativa, que fuera una especie de muestra de conductas ejemplares de las que tanto los propios reyes como la Corte pudieran extraer enseñanzas provechosas para el gobierno del reino. La obra funcionaba así, en palabras de Fernando Doménech, asesor literario de este montaje, como “un emblema del buen y del mal gobierno, que Calderón, como un nuevo mago Lisipo, pone frente a sus augustos espectadores para que tomen las advertencias que su razón les indique”.
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